"En
cuanto el lector domina los mecanismos de la lectura puede aislarse cuando lo
desea, construir paso a paso, un universo en el que se sienta a sus anchas,
negar y abolir, por cierto tiempo, el mundo real". Marc Soriano.
“Si queremos narrar, antes tenemos que juntar
palabras. Para juntar palabras, lo primero que tenemos que hacer es esto: cada
uno de vosotros escribe una palabra en un papel, que luego me da... O un
nombre, o un verbo, pero no nombres propios, ni adverbios, ni adjetivos.
Escribid la primera palabra que os venga a la cabeza, rápidamente…Palabras,
palabras...Démonos palabras”.
Rodari, Gianni,
Ejercicios de fantasía, Barcelona, Ediciones del Bronce, 2000, p. 33.
“La imaginación del niño estimulada a inventar
palabras, aplicará sus instrumentos en todos los aspectos de la experiencia que
provoquen su intervención creativa. Los cuentos sirven a las matemáticas, así
como las matemáticas sirven a los cuentos. Sirven a la poesía, a la música, a
la utopía, a la labor política: en definitiva, al hombre entero, y no
sólo al que crea fantasías. Sirven precisamente porque, en apariencia, no
sirven para nada: como la poesía y la música, como el teatro y el deporte (si
no se convierten en un negocio)”[1].
Además, Gianni Rodari esclarece que para cambiar la
sociedad injusta en la que vivió y vivimos es necesaria la existencia de
hombres con imaginación. La propuesta del gran maestro es que para que se geste
el cambio social y se aniquile la opresión de la sociedad mercantilista es
necesaria una humanidad con creatividad que cuide y utilice su imaginación.
Estas son sus palabras:
Si una sociedad
basada en el mito de la productividad (y en la realidad del beneficio) tiene
necesidad de hombres a medias –fieles ejecutores, diligentes reproductores,
dóciles instrumentos sin voluntad-, quiere decir que está mal hecha y que hace
falta cambiarla. Para cambiarla, se requieren hombres creativos, que sepan usar
su imaginación[2].
Los mundos imaginarios. Los juegos. Pequeños juegos
privados y fugaces que apenas son un dibujo secreto -la niña que, sola, sin que
nadie la vea, cruza el patio desierto jugando a volar, ondulando los brazos en
el aire, sintiéndose gaviota-, y juegos a los que se vuelve una y otra vez
ritualmente, como habitaciones secretas que siempre están ahí, esperando…
Amigos imaginarios que cuelgan de la lámpara del comedor, o están sentados a
nuestro lado, y nadie sino nosotros vemos. Imágenes de cuentos en que nos
demoramos infinitamente, que nos prometen parajes exóticos, vínculos
diferentes[1].
[1] Graciela Montes, La frontera indómita, Fondo de
Cultura Económica, México, 1999, pp. 33-34.
A medida que crecemos y empiezan a adiestrarnos para
el trabajo, para la mansedumbre y para la infelicidad, el hábito de la
imaginación se vuelve peligroso o inútil, y sin darnos cuenta lo vamos
perdiendo, no porque éste sea un proceso tan natural como el del cambio de voz,
sino porque hay una determinada y eficacísima presión social para que no nos
convirtamos en seres saludables y felices, sino en súbditos dóciles, en
empleados productivos, en lo que antes se decía hombres de provecho[1].
[1] “La disciplina de la imaginación” en ¿Por qué no es útil la
literatura?, García Montero, L. y Muñoz Molina, A., Madrid, Hiperión,
1993, pp. 53-54.
Reflexiones de María Teresa Andruetto:
Hacia una literatura sin adjetivos
Reflexiones de María Teresa Andruetto:
Hacia una literatura sin adjetivos
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